jueves, 29 de agosto de 2013

Con ojo de ciego.

Tenemos miedo de taparles la boca con certezas


que la inmadurez consciente arraiga a gritos en nuestra lengua,


de tejer nuestros gritos en las calles


que ondean al calor su pavimento.


Tenemos miedo de las ventanas rotas


que palidecen de a poco tras los fierros,


de salir de las esquinas ya viejas


y tragarnos las censuras de otros guerreros.


Tenemos miedo de creer las fábulas


que ven salir el sol tras los inventos,


de tumbarnos con los huesos de otros seres


que armaron aquí en la vía su aposento.


Tenemos miedo de nacer sin conexiones


cerebrales que nos permitan dinero,


de no poder ser sigilosos y por tanto


no ver en la oscuridad ni a lo lejos.


Tenemos miedo de morir pero queremos


que el tiempo nos devore y no notemos.


Tenemos miedo de que nos sangren las pupilas


cuando seamos testigos de otros cuerpos,


de no poner la mejilla y dar la mano


al odiado, si de odiar no lo tenemos.


Tenemos miedo de querer amar


y de tener sexo con las caras sin velos,


de fallecer en algún lugar inmune


de viudas, de hijos, sombras y destellos.


Tenemos miedo de confiar en nuestros ojos


porque es más fácil encomendar el alma a un cuento,


de saber leer mentiras y falacias


pero aun así tragarlo, hasta morderlo.


Tenemos miedo del “señor” y sus castigos


pero no tenemos miedo de creerlos.


Tenemos miedo de nuestra razón humana,


aunque esta nos sujete la cabeza.


Tenemos miedo de pretender no tener miedo


y también tenemos miedo de tenerlo.


 

sábado, 10 de agosto de 2013

Bajo los efectos.

Te clavé en el pecho
unos peces
que no temieron escurrirse por tu boca
cuando para mi las palabras fuesen.
Me acometieron de tal manera, entonces,
feroces
y en cada luna cubierta de gris mi alma, ahora,
tose.

Te clavé en el estómago
unas larvas
que no temieron evolucionar, en ti, con alas
cuando de querer se tratara.
Me acometieron de tal manera, entonces,
fugaces
y en cada destello pavimentado de humo mi alma, ahora,
divaga.

Te clavé en las sienes
unos fantasmas
que no temieron escalar hasta tus cuencas
cuando para mi la certeza cesara.
Me acometieron de tal manera, entonces,
audaces
y en cada estadía alucinógena de tantas quemadas mi alma, ahora,
florece.

Te clavé en la columna
unas serpientes
que no temieron desviar tus pasos cuando avanzar hasta aquí tuvieses.
Me acometieron de tal manera, entonces,
hirientes
y en cada anochecer violento mi alma, ahora,
palidece.

Te clavé en la garganta
unas melodías
que no temieron ahogarte enseguida las pupilas
cuando para mi la suerte se moría.
Me acometieron de tal manera, entonces,
violentas
y en cada cabeceo inconsciente mi alma, ahora,
se alerta.

Nos clavamos, querida, tantos engaños, balbuceos y mentiras
que no temieron ahorcarnos con los mismos hilos de nuestra saliva
cuando de enamorarnos se tratara.
Nos acometieron entonces, mortales
y en cada acercamiento inertico
nuestras almas, ahora,
nos repelen.