Con ojo de ciego.

Tenemos miedo de taparles la boca con certezas
que la inmadurez consciente arraiga a gritos en nuestra lengua,
de tejer nuestros gritos en las calles
que ondean al calor su pavimento.
Tenemos miedo de las ventanas rotas
que palidecen de a poco tras los fierros,
de salir de las esquinas ya viejas
y tragarnos las censuras de otros guerreros.
Tenemos miedo de creer las fábulas
que ven salir el sol tras los inventos,
de tumbarnos con los huesos de otros seres
que armaron aquí en la vía su aposento.
Tenemos miedo de nacer sin conexiones
cerebrales que nos permitan dinero,
de no poder ser sigilosos y por tanto
no ver en la oscuridad ni a lo lejos.
Tenemos miedo de morir pero queremos
que el tiempo nos devore y no notemos.
Tenemos miedo de que nos sangren las pupilas
cuando seamos testigos de otros cuerpos,
de no poner la mejilla y dar la mano
al odiado, si de odiar no lo tenemos.
Tenemos miedo de querer amar
y de tener sexo con las caras sin velos,
de fallecer en algún lugar inmune
de viudas, de hijos, sombras y destellos.
Tenemos miedo de confiar en nuestros ojos
porque es más fácil encomendar el alma a un cuento,
de saber leer mentiras y falacias
pero aun así tragarlo, hasta morderlo.
Tenemos miedo del “señor” y sus castigos
pero no tenemos miedo de creerlos.
Tenemos miedo de nuestra razón humana,
aunque esta nos sujete la cabeza.
Tenemos miedo de pretender no tener miedo
y también tenemos miedo de tenerlo.
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