miércoles, 3 de julio de 2013

Huesos rotos.

Estos trozos
y estas ansias de caminatas…
que ni siquiera son mis ansias,
que tal vez ni son mis trozos.
Estos trozos que llevo en la mochila,
en los bolsillos, colmados del polvo de mil historias, en repisas,
estos trozos que ya no pesan,
que se anexaron a mi carne
carcomiéndome con su líquida potencia.
Estos trozos a los que casi les he tomado cariño
de tanto llevarlos con odio…
en las entrañas,
de llevarlos como agua en la retina,
como telarañas en el pelo.
Estos trozos que una vez me corrompieron,
que alguna madrugada en una ruptura de domingo me armaron
en algún sector mental asiduo a la luna.
Estos trozos que me deformaron
de tanto doblarme, de a poco
y que hoy tartamudean cuando avanzo
para alcanzarme algunos días…
estos trozos lloran
ahora
estos trozos me lloran
y yo no a ellos, porque aprendí a que me los arrancaran
porque jamás los quise sincero y en cambio me acostumbré
me resigné a que me estuvieran siempre robando la locura y el movimiento obvio de la inercia.
Estos trozos ya no tan míos (si algún día me esforcé porque pareciera)
sí, estos trozos quebrajados,
tendidos vagamente sobre un espejo
con la esperanza de algún sol subterráneo.
Estos trozos se arraigan para dejar las semillas de otros
y en explosiones múltiples se me desprenden
como proyectiles capaces de perforar la cabeza de unos que están estáticos,
aprisionados por los propios trozos que les apadrinaron
como adoptados, rogando y agradeciendo
hasta las sienes, con la sangre…
estos trozos botan el humo…

mientras la muerte es el comienzo de la tierra.

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