Estos
trozos
y
estas ansias de caminatas…
que
ni siquiera son mis ansias,
que
tal vez ni son mis trozos.
Estos
trozos que llevo en la mochila,
en
los bolsillos, colmados del polvo de mil historias, en repisas,
estos
trozos que ya no pesan,
que
se anexaron a mi carne
carcomiéndome
con su líquida potencia.
Estos
trozos a los que casi les he tomado cariño
de
tanto llevarlos con odio…
en
las entrañas,
de
llevarlos como agua en la retina,
como
telarañas en el pelo.
Estos
trozos que una vez me corrompieron,
que
alguna madrugada en una ruptura de domingo me armaron
en
algún sector mental asiduo a la luna.
Estos
trozos que me deformaron
de
tanto doblarme, de a poco
y
que hoy tartamudean cuando avanzo
para
alcanzarme algunos días…
estos
trozos lloran
ahora
estos
trozos me lloran
y
yo no a ellos, porque aprendí a que me los arrancaran
porque
jamás los quise sincero y en cambio me acostumbré
me
resigné a que me estuvieran siempre robando la locura y el movimiento obvio de
la inercia.
Estos
trozos ya no tan míos (si algún día me esforcé porque pareciera)
sí,
estos trozos quebrajados,
tendidos
vagamente sobre un espejo
con
la esperanza de algún sol subterráneo.
Estos
trozos se arraigan para dejar las semillas de otros
y
en explosiones múltiples se me desprenden
como
proyectiles capaces de perforar la cabeza de unos que están estáticos,
aprisionados
por los propios trozos que les apadrinaron
como
adoptados, rogando y agradeciendo
hasta
las sienes, con la sangre…
estos
trozos botan el humo…
mientras
la muerte es el comienzo de la tierra.

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